

Mi primer BUNKER
Hoy voy a contarles sobre algunas vivencias de mi infancia que hoy puedo reconocer como experiencias estéticas, el despertar a lo artístico y el hallazgo del refugio en esas prácticas. Estas están basadas en recuerdos, reminiscencias, fotos internas…
Una de las primeras vivencias de este tipo (que recuerdo) es cuando iba a segundo grado, el primer año de estar viviendo en Centenario, Neuquén. Había descubierto una labor que realizaba durante los recreos, o en los tiempos de espera hasta que mi mamá viniera a buscarnos al colegio a mi hermana y a mí. Tomaba las hojas de pino caídas en el suelo, filosas y puntiagudas, y armaba eslabones, que luego unía y se convertían en trenzas o cadenas. Lo hacía con delicados movimientos, observando su color verde intenso, quitando una de las dos hojas primero para luego, plegar y colocar en el nacimiento de ambas la hoja que había quedado a salvo. Era un momento hipnótico que demandaba toda mi atención y esto generaba que el tiempo se detuviese y que esperar no fuese tan difícil. Además, tenía un obsequio para hacerle a mi mamá o para mí misma. Esas “joyas verdes” daban como resultado collares, pulseras o coronas.
Ese año escolar fue muy difícil para mí por múltiples razones; y esa experiencia silenciosa y lenta parecía ayudar a elaborar y suavizar lo que estaba viviendo, como una suerte de antídoto, un momento refugio. No sé si armar cadenas con eslabones de hojas de pino en el patio de la escuela era arte, pero sí sé lo que significaba para mí: una acción de la cual recuerdo la sensación y percepción particular en fragmentos de tiempo que se convertían en un mantra performático, íntimo y sensible.
Siguiendo en la línea de actividades manuales, unos años más tarde, en una de las aulas de ese mismo edificio, cursaría unos talleres de corte y confección y, también, de tarjetería española.
En ambos espacios la enseñanza se daba a través de moldes y modelos pre-establecidos, pero siempre existía la posibilidad de elegir los diseños, las telas, los detalles. En el taller de costura, por ejemplo, uno de mis proyectos fue hacer un perro salchicha. Era una pieza importante, en un tamaño de unos 50 cm de largo, casi como si fuese un perrito de verdad. Recuerdo que la tela con la que lo realicé fue un pantalón Oxford negro de mi papá y un paño rojo que había quedado de uno de los trajes de los festivales anuales de danza. Entonces, mi perro salchicha estaba atravesado de manera diagonal por costuras dobles de pantalón de color blanco con un bello corazón rojo en su lomo y, también, con ese mismo rojo en el interior de sus largas orejas.
Esa mascota de trapo fue luego juguete y objeto decorativo encima de mi cama y, de alguna manera también, mi primera escultura blanda. Al estar hecha con el pantalón de papá también cumplía un rol simbólico de guardián y su representante en los largos días de su ausencia por trabajos lejos de casa.
Otras de las piezas que recuerdo fueron unos almohadones redondos de color rojo, de unos 30 cm de diámetro, a los que les había pintado con pintura negra unas caras con diferentes gestos que mostraban distintos estados de ánimo: 😞 “toy triste” , 😊 “toy contenta”, 😖 “teno vergüenza”, y algunos más. Eran los emojis del futuro, que yo con diez años en los 80 los usaba como indicadores para que, quienes entraran a mi habitación, supiesen cómo estaba el clima emocional. Recuerdo también que me sentaba al borde de la cama, mirando esas caritas de tela, con las partituras de flauta y practicaba las canciones que nos daba la profesora del grupo de flautas de la escuela (otra escuela). Era ese otro momento de intimidad estética para mí. Ahí estaba, junto a esos avatares que podían hablar por mí, acompañándome con el sonido de la flauta dulce, un tiempo cápsula alejado y distinto a lo cotidiano. (A propósito de este momento hay una foto que captura esta escena, que mi madre buscó durante toda una tarde, en las cajas de fotos, pero no pudo encontrar).
Continúo… me fui lejos del taller de tarjetería española. Para quienes no la conocen, es una técnica que se realiza con papel vegetal, tinta china blanca y una serie de herramientas que sirven para repujar con las que se le da relieve y volumen al papel. Creo que se llama así porque imita la técnica de repujado en metales, generalmente de finas láminas de oro, con las que se hace un tipo de joyería tradicional en España. Aquí les acerco algunas imágenes de tarjetas, que 40 años después aún conservo. Muchas veces he pensado que es una linda técnica para hacer algo en arte contemporáneo. También guardo con aprecio esa sensación física del acto del repujado, la elección de los diseños y frases. Sin duda, era una actividad satisfactoria para mí.
Bueno, bueno, bueno, creo ya es preciso ir redondeando el texto y cerrando esta caja con un poco de olor a naftalina. Igualmente estoy contenta de haberme permitido abrir algunos de estos recuerdos y, además, compartirlos.
Hoy puedo comprender el disfrute y la calma que me brindaban estas experiencias siendo niña y lo reparador que resultaban esos espacios. Algo similar ocurría con la escritura como recurso para poder acceder a la expresión, a la ficción como otra realidad paralela, pero de eso hablaré otro día con mucho gusto.
Gracias por haber llegado hasta aquí…
Y vos, podés buscar en tu memoria ¿cuáles fueron tus primeras experiencias estéticas?





